La Vida Consagrada
Un voto es una promesa sagrada o compromiso asumido públicamente con la aprobación de la Iglesia. A través de sus votos, una hermana responde con toda su vida a la invitación de Dios para amarlo completamente y sin reservas. Esta respuesta libre es una expresión completa de la llamada bautismal y es, para aquella que esta genuinamente llamada a la vida consagrada, un camino para alcanzar santidad. Todos los cristianos están llamados a vivir las virtudes de castidad, pobreza y obediencia; estos votos proveen una purificación del corazón y la libertad espiritual que en una forma única, marca la vida consagrada de la mujer religiosa. Vivir con estos votos le permite enfocar todo su ser en Dios y en su pueblo.
Mientras que todas las mujeres religiosas profesan los votos de pobreza, obediencia y castidad, algunas comunidades toman un voto adicional. Algunas comunidades monásticas profesan un cuarto voto, el de la estabilidad; mediante el cual el monasterio al que entran es su hogar para toda la vida, a menos de que sean llamadas a formar parte de una nueva orden de hermanas religiosas. Otras comunidades toman como cuarto voto el de hospitalidad o servicio a los pobres.
Los votos de la vida consagrada son medios mediante el cual una mujer religiosa busca estar más cerca al Uno que ella ama. Viviendo estos votos la acerca al Misterio Pascual de Jesús. Le permite extender sus brazos a un amor transformador que da sentido al sufrimiento y al sacrificio.
Castidad (celibato consagrado)
Una mujer religiosa no puede pero responder con una entrega total al Dios que la ha amado primero. Cuando una mujer religiosa se enamora de Jesús Cristo y le entrega su vida completamente a Él, determina las otras facetas de su vida. Su elección de hacer a Jesús la relación principal en su vida, la llama a vivir un estilo de vida célibe. El voto del celibato significa mucho más que no "casarse".
Una mujer religiosa compromete su vida a Dios en un amor conyugal, su vida de celibato refleja la belleza de la unión viva en la Trinidad. Es una reflexión de un amor íntimo hasta el punto de dar la vida del uno por el otro.
Una mujer religiosa genuinamente feliz conoce la alegría de verdadera intimidad. La unión íntima con Dios da sentido y credibilidad a su estilo de vida. Una vida en oración es esencial para
crecer en conocimiento y amor por Él, a quien ella ha dedicado su vida. Una mujer religiosa da prioridad a la oración y a la comunión con Dios.
El testimonio de amistades verdaderas con los demás, tanto dentro como fuera de su comunidad religiosa, con mujeres y con hombres, es uno de los muchos regalos que una mujer religiosa puede ofrecer a la Iglesia y a la sociedad de hoy. En una cultura que enseña que el significado de la vida depende casi exclusivamente de la actividad sexual, una mujer religiosa muestra la importancia de interrelaciones en un nivel más profundo.
El celibato no se trata de ensimismamiento y egoísmo. Una mujer religiosa que vive una vida comprometida con Jesucristo conocerá, amará y le servirá a Él a través de su pueblo que encuentra cada día. El celibato amplía el corazón de la mujer religiosa y la libera para amar a todos con un amor generoso.
La llamada a vivir una vida casta y célibe es una afirmación de la propia sexualidad. Una mujer religiosa no niega o reprime su sexualidad. Ella vive su feminidad en una forma profunda y fructífera fomentando la vida donde quiera que vaya, mediante el desarrollo de relaciones ricas e íntimas, y dejando sus propias preocupaciones para dedicarse al servicio, la amistad y la familia.
Pobreza
El voto de pobreza profesado por una mujer religiosa es un llamado radical a la libertad. Sin restricciones por la acumulación de la riqueza y las posesiones materiales, ella está libre para concentrarse en relaciones con otros y dedicarse al servicio del prójimo.
El voto de pobreza no significa que una mujer religiosa está llamada a vivir en indigencia. Dios desea que ella viva con sencillez, cumpliendo con sus necesidades básicas en lugar de sus deseos. Manteniendo una vida sencilla ayuda a eliminar las distracciones que podrían alejar a la mujer religiosa de Dios. Una mujer enamorada de Dios no fija su atención en las cosas materiales.
Llamada a servir a los más necesitados, la mujer religiosa ve el rostro de Jesús en los pobres y los menos afortunados. Ella responde a la llamada de Jesús de acuerdo a las enseñanzas del Evangelio: "Les aseguro que cada vez que no lo hicieron con el mas pequeño de mis hermanos, tampoco lo hicieron conmigo” (Mt 25:45). El servicio de la mujer religiosa sobrepasa el significado de una obra de caridad ya que le permite vivir en solidaridad con aquellos que ella encuentra y sirve.
Esta solidaridad con las personas que está luchando, le presenta a la mujer religiosa el desafío de reconocer y admitir en una forma honesta y humilde sus defectos. Ella reconoce que "en el poder, la debilidad llega a la perfección ", y ella confía que Dios use su pobreza personal para compartir su mensaje de salvación y amor redentor.
Toda la creación proviene de Dios y las cosas buenas de esta tierra se deben celebrar y disfrutar. Una parte importante del voto de la pobreza es el cuidado del mundo y todo lo que Dios nos ha dado a nosotros. La mujer religiosa respeta todos los aspectos de la creación, entendiendo que estos regalos no son suyos para poseer sino para usarlos al servicio de los demás.
El reconocimiento de que todos estos son dones, ayuda a la mujer religiosa a entender que ella no es dueña ni tiene derecho a nada. Ella se siente agradecida por que tiene lo que necesita para su vida y su ministerio, y trata de compartir estos dones con los demás. Este intercambio se inicia en su propia comunidad religiosa donde no solo comparte los bienes materiales con sus hermanas, sino comparte también su tiempo y talento.
El voto de pobreza invita a la religiosa a enfocar toda su vida en Dios y el pueblo de Dios. Debido a que ella no esta comprometida con posesiones materiales, ella puede ir a donde se la necesita. Esta disponibilidad para la misión la llama a vivir en un espíritu de confianza y abandono, mientras que sigue los pasos de Jesús.
Obediencia
En su voto de obediencia, una mujer religiosa trata de vivir su vida en una disposición de escuchar y responder a la voluntad de Dios. Esta disposición de escuchar la voluntad de Dios es un llamado diario que le permite aceptar la mente y el corazón de Jesús, como nos dice San Pablo: "Tengan entre ustedes los mismos sentimientos de Cristo Jesús " (Flp 2:5).
Esta configuración de uno mismo en Jesucristo afecta todos los aspectos propios del ser. Una mujer religiosa llega a saber que todo lo que ella es, y todo lo que hace, es por su disposición de tratar de seguir el patrón de vida delineado por nuestro Señor. Ningún aspecto de su vida, no importa cuan insignificante esta sea, puede excluirla de su compromiso al voto de la obediencia.
El papel de la oración en una vida de obediencia es extremadamente importante. La oración desarrolla una relación cada vez más profunda con Jesús, ya que la mujer religiosa viene a entender y aceptar la mente y el corazón de Jesús. Diariamente ella se postra ante Dios pidiendo en el espíritu de Juan el Bautista que ella "pueda disminuir y Él pueda aumentar."
La mujer religiosa también se da cuenta de que una obediencia completa se extiende no sólo a lo que hace, pero también a los motivos y las intenciones detrás de sus acciones. La llamada a un proceso permanente de purificación y renovación le permite a la mujer religiosa dejar atrás las actitudes egoístas y confía todo su ser al Dios que la llama.
En la obediencia, la mujer religiosa escucha cual es la mejor manera que ella puede usar sus talentos y habilidades, que son regalos de Dios, para satisfacer las necesidades de la Iglesia de hoy y del mundo. Contrario a la cultura de hoy, la obediencia llama a un desinterés por lo personal y al deseo de vivir para los demás. A veces, esto puede requerir que ella vea mas allá de sus propios deseos e intereses. La gracia de la obediencia la apoya a hacer esto y se refleja en un crecimiento de esta gracia en su vida.
El papel de la comunidad es parte integral de la obediencia profesada por una mujer religiosa. Lejos de ser una "obediencia ciega" en el que uno hace simplemente lo que se le dice, la obediencia de un discípulo se extiende a tomar un papel activo discerniendo las diversas influencias y llamadas en su vida. Junto con la comunidad, ella mira con reverencia sus regalos y talentos, así como las necesidades del mundo y se esfuerza por saber cómo Dios la está llamando a responder. Verdaderamente, la gracia de la comunidad en este proceso es escuchar profundamente para oír la llamada de Dios y aceptar la invitación en un contexto más amplio.
En obediencia, todos los días la mujer religiosa viene con las manos abiertas y un corazón abierto, pidiendo que se forme como discípulo para que pueda servir mejor a otros. Ella reconoce que su llamada vocacional nunca es para ella misma, sino para el servicio de la Iglesia y del mundo.
Cortesía de la Diócesis de Toledo
(Traducido por la Conferencia de Obispos Católicos de los Estados Unidos)
"I do not pray to be successful, I pray to be faithful."
— Mother Teresa of Calcutta

